
Durante gran parte de
este curso, he sido profesora en 1º de ESO, lo que me ha encantado
porque los 12-13 años es una edad complicada pero muy interesante.
En estos meses, me he reído, me he sorprendido y me he enfadado;
casi todos los días ha habido ratos difíciles y otros memorables.
Hoy, de hecho, quiero hablaros de una lectura que nos ha proporcionado,
a partes iguales, buenos y malos momentos. Malos porque el libro no
ha entusiasmado precisamente; y buenos porque hasta de una obra que
no ha gustado demasiado hemos aprendido mucho. Me refiero a
El herrero de la luna llena de
María Isabel Molina
.



El libro, como digo, ha
gustado regular y yo creo que parte de este desinterés en la lectura
se debe a que el argumento está muy al servicio de la voluntad didáctica: entretiene lo mínimo, la intriga es bastante convencional. Pero la autora ha situado la acción en el
Camino de Santiago y eso sí ha suscitado el interés de los alumnos. Todo el
mundo sabe que hacer una larga travesía en un medio de transporte no
motorizado es una aventura. No importa lo que pase: estás en el
camino (en el Camino), con un equipaje mínimo, contemplando paisajes
nuevos, a merced de las inclemencias del tiempo, bañándote en el
río y durmiendo al raso si hace falta...
Sobre esa situación
hipotética pero posible, empezamos a trabajar y aprendimos
cómo se vestía y se viste hoy en día un peregrino (y de paso qué es una
peregrinación, ya sea a Santiago o a La Meca -eso nos lo explicó
Fátima-),
qué conviene llevar en la mochila (calculando la carga
que alguien de nuestro peso y estatura podría soportar para avanzar
a buen ritmo y teniendo en cuenta cómo habría que organizarse en un
grupo para transportar todo lo necesario -hubo muchas discusiones, y
abucheos para los que propusieron llevar
únicamente la tarjeta de crédito de sus padres en un lugar donde no
hay cajeros-). Vimos fragmentos de
un reportaje sobre las impresiones
de unos viajeros actuales y Silvia trajo fotos y nos contó cómo es
hacer el Camino en bici, a partir de los recuerdos de su padre.
También vimos algunas escenas de
The Way y Alex convenció a su
profesor de repaso para que nos prestara su
credencial y poder cotejar su
compostela con la
de la película (son exactamente iguales, salvo el nombre del
titular, claro). Luego hicimos murales con el mapa del Camino
destacando los lugares en los que a Yago de Lavalle, el protagonista,
le ocurren aventuras en la novela y, en la presentación de su
trabajo, Neus y Caterina nos mostraron un bastón de peregrino que
les había traído su abuela de recuerdo de un viaje para ver la
Catedral. Creo que, definitivamente, al final, sólo nos faltó ir a
Roncesvalles y echar a andar (lo cual no descarto que pase algún
día, aunque sea cada uno por su lado).

Cuento esto, en parte,
para agradecer a mis alumnos el buen trabajo que hicieron y que fue
más allá de mis expectativas. También para compartir, y que no se
pierda por completo, la experiencia de aquellos viernes en que me
enfadé (hubo gritos, a qué negarlo) y me reí (¡pero cómo te vas
a llevar la
Play al Camino, hombre!) y todos aprendimos de
todos.
La verdad es que con los
libros pasa lo mismo que con lo demás: no importa tanto que sean
realmente buenos como lo que haces con ellos. Todo forma parte del
camino (y del Camino).