Se acerca Sant Jordi y, por estos lares, pronto empezaremos a ver representaciones del dragón, la princesa y el mismísimo San Jorge aliados en su campaña por hacernos comprar libros y rosas. Y, como cada año, apuesto a que muchas de estas imágenes no serán fieles a la leyenda original, sino que mostrarán variantes en las que la chica acaba prefiriendo al dragón como compañero y ambos viven un idilio envueltos en flores y poesía; mientras el caballero, entendido como emblema de valores anticuados, se queda compuesto y sin novia. Algo así:
Ilustración extraída del blog de XuxuLanstrum (autor desconocido)
Respecto a esto -y aunque he elegido ilustraciones que, de hecho, me gustan y me parecen graciosas (como la de la estupenda Anna Llenas)-, me gustaría compartir algunas ideas sobre los dragones, tal y como esta figura se aborda en la Cuentoterapia. Más que nada porque hay
características inherentes al simbolismo del dragón en
Occidente (en Oriente es otra cosa) que se manifiestan en nuestra
sociedad de una forma muy dañina para todos. Si pensamos
que hay verdad en los cuentos (y yo lo pienso), no podemos
ignorar las advertencias que se nos hacen en esas
historias sobre los dragones.
Es curioso, pero casi se diría que existe una voluntad explícita de tergiversar la iconografía del
dragón y hacernos creer que, en realidad, se trata de una criatura
incomprendida; algo así como el monstruo de Frankenstein o el jorobado de Notre Dame, que son antihéroes
románticos que sufren la soledad que les impone una sociedad estrecha
de miras que primero les teme y después les margina.
Pero en la cuentística tradicional (y también en obras contemporáneas fieles a ella como El Hobbit de JRR Tolkien o Un mago de Terramar de Ursula K. Le Guin), el dragón no tiene nada que ver con eso. Los dragones no son animales inocentes, ni enemigos "honorables" a los que se les puede conceder el beneficio de la duda. Por contra, son seres insaciables que arrasan aldeas y acumulan tesoros, que desean poder y lo logran a través de infundir miedo. A un dragón no se le puede domesticar, ni se le puede domar como si fuera un caballo (aunque Cómo entrenar a tu dragón es una película que os recomiendo si estáis adiestrando a una mascota o tratando con un fantasma personal que necesita atención para dejar de causar estragos).
Los dragones tienen aspecto de reptil y lo que a mí me han enseñado es que ese aspecto es coherente con lo que representan: la parte primaria de nuestra mente que ha venido llamándose "cerebro reptiliano". El cerebro reptiliano es el lugar donde se originan los instintos más básicos, los que tienen como finalidad la propia supervivencia, sin ninguna elaboración ni componente racional o sentimental. Comer, dormir, aparearse, huir o atacar. Lo que el cerebro reptiliano sabe viene de serie, no es aprendido. Y, sin duda, es muy útil, imprescindible; pero un ser humano es también inteligencia, raciocinio, emociones, sentimientos y todas esas informaciones y habilidades que vamos incorporando a medida que creamos vínculos con nuestros semejantes y adquirimos experiencias. El dragón de los cuentos tradicionales no siente empatía, no siente piedad; es astuto y rapta a las doncellas ( véaseaquí para leer acerca del arquetipo de la doncella).
Claro que siempre podemos justificar la conducta de un dragón alegando que, al fin y al cabo, "lo han dibujado así". O podemos pensar que no es para tanto y que, con paciencia y cariño, seguro que conseguiríamos que tuviera un comportamiento aceptable. Pero ésa no la clase de soluciones que nos proponen los cuentos populares y las leyendas. En ellos lo que se nos explica es que, ante un dragón, no queda más remedio que usar la espada y cortar por lo sano.
Veamos un ejemplo tomado de la realidad que tal vez permita entenderlo mejor. Pensad en alguna de esas empresas multinacionales que tienen su sede en Estados Unidos o Europa (la cueva donde el dragón acumula sus riquezas), pero ha instalado sus fábricas en países donde, en connivencia con las autoridades locales, puede imponer a los empleados -muchos de ellos menores (doncella)- unas condiciones laborales auténticamente "draconianas" (que comprenden medidas tales como horarios extenuantes, sueldos de miseria o,
incluso, despedir a las mujeres durante la menstruación para que no
pierdan tiempo yendo al baño). Estas empresas actúan exactamente
como un dragón de cuento: arrasan la aldea, queman bosques, envenenan el
agua, van dejando un reguero de destrucción por donde pasan. Son
voraces, no cooperan ni negocian sino que encadenan y esclavizan. Su
capacidad para causar destrozos -en lo personal y en lo social- es
enorme. En esa situación, definitivamente, lo que hace falta no son buenas palabras ni comprensión con esos empresarios que, en el fondo, son buenas personas y adoran a sus hijos. Lo que hace falta es un caballero que deshaga
entuertos y no permitir de ninguna manera que el bicho se vaya de
rositas.
Por otra parte, un caballero no es, en su sentido arquetípico, una figura patriarcal que salva damiselas para obtener prestigio y posicionarse como macho alfa dentro de su comunidad. Un caballero es alguien que personifica unos valores que incluyen la defensa de los más débiles y el rescate de las cualidades del ánima (según Carl Jung, el ánima es el aspecto femenino presente en el insconciente colectivo, algo que tanto hombres como mujeres debemos encarnar y desarrollar para ser individuos plenos, realizados). Un caballero de nuestros días no tiene porqué ser un tipo cachas armado hasta los dientes; de hecho, es posible que -siendo hombre, mujer o, incluso, niño o niña- se parezca bastante a don Quijote, ese noble defensor de las causas perdidas. Un@ abogad@ de derechos humanos o es@ alumn@ que se atreve a denunciar un caso de bulling contra un compañero serían, en ese sentido, caballeros, pues demuestran valentía, lealtad y compromiso con la justicia.
Hay muchas más cosas que quisiera explicaros sobre el simbolismo del dragón y lo mal que me parece que se le presente como un ser digno de compasión, una especie de osito panda en vías de extinción al que hay que proteger de las ínfulas de grandeza de un fanático. Quizá le dedique otro post en el futuro. Por lo pronto, un último apunte, un ruego más bien: si os encontráis por ahí con un dragón, de los que escupen fuego (llámalo fuego, llámalo insultos y falta de respeto); destrozan vuestro hogar (llámalo hogar, llámalo autoconfianza), os roban vuestros tesoros (los de verdad, los interiores) y raptan a la doncella libre y hecha para la alegría que todos llevamos dentro, no lo dudéis: escapad, pedid auxilio, buscad ayuda y, sobre todo, devolvedle poder a vuestro caballero y a su espada.
“El cuento es un espejo mágico en el que se nos invita a sumergirnos para reconocernos. No para que nos ahoguemos en una autocontemplación estéril, como Narciso, sino para que nos observemos tal como somos verdaderamente, más allá de las apariencias.
En La bola de cristal, el héroe parte a la búsqueda de una princesa encantada que espera su liberación. Desgraciadamente, cuando al fin la encuentra, la descubre bajo un aspecto repugnante. Pero la princesa le dice: "Éste no es mi verdadero rostro. El Gran Hechicero me tiene bajo su poder. Por su culpa, los ojos de los Hombres no me pueden ver más que bajo esta forma horrible. Si quieres contemplar mi verdadera apariencia, mírame en el espejo. Él no se deja engañar y te mostrará mi imagen tal como es en realidad". El héroe mira en el espejo, y ve el rostro de la joven más hermosa del mundo, surcado por las lágrimas.
Hay en nosotros una princesa encantada que no podemos ver más que bajo su aspecto feo y repulsivo: son nuestras cualidades refrenadas y frustradas que vivimos bajo la forma de la vergüenza, los celos, la cólera, la cobardía, etc. Pero si aprendemos a verlas en el espejo de la verdad de los cuentos, podremos contemplar las auténticas bellezas que viven dentro de nosotros y que lloran y se lamentan esperando su liberación. Ahora bien, esas bellezas-princesas no tienen a su disposición más que un único héroe: nosotros mismos. Y nos toca a nosotros, solo a nosotros, liberar nuestro reino interior, y a la bella princesa que nos aguarda".
"Nada de lo que ocurre en un cuento popular es gratuito o superfluo. Contra lo que puedaparecer, todo en él tiene un sentido, más o menos oculto, más o menos evolucionado a partir de antiguas creencias, ritos, costumbres, a través de los cuales la humanidad se ha forjado a sí misma, dejando en la tradición oral el testimonio de un camino quizás demasiado largo para lo poco que lo estimamos.
Hábilmente engarzados en esos relatos, tan simbólicos que ya ni siquiera lo parecen, llegan hasta hoy multitud de mensajes cifrados. Algunos desde ese fondo de los tiempos que venimos llamando la Proto-Historia. Otros, desde el fondo de nosotros mismos; lo cual, bien mirado, no es sino una variante de lo anterior. En todo caso, lo único que en realidad puede hacerse con los cuentos populares es intentar descifrarlos.
Para ello existen dos procedimientos. A uno lo llamaremos el natural y a otro el científico. El procedimiento natural consiste simplemente en escuchar-aprender-repetir, cuantas más veces mejor, obteniendo de los cuentos la secreta sustancia de que son portadores (...)".
Me desagrada el calificativo "con valores"que
se le añade últimamente a algunas colecciones de cuentos ¿Es
que, acaso, existen "cuentos sin valores"?
¿Cuentos que no transmiten nada o, todavía peor, que transmiten
algo que no interesa? Porque da la impresión de que quienes
pretenden que hay unos cuentos "con valores",
suponen que el resto, lo anterior, son naderías pasadas de
moda, llenas de barbaridades y mensajes reaccionarios.
Yo creo que es cierto que, en los cuentos
tradicionales, en sus versiones más antiguas, abundan pasajes de una
crudeza tremenda (hay orfandad, abandono, noches muy oscuras,
desmembramientos y hasta canibalismo), pero los finales son felices
y no es por casualidad. Porque en esas
historias el mal paga, las dificultades se superan; hay
autorrealización y reconciliación de los opuestos.
La verdad es que en la vida es fácil perderse
en el bosque (hay muchos tipos de bosque y muchas formas de
perderse), y, como les sucede a los personajes de los
cuentos populares, más pronto o más tarde todos
aprendemos que ser demasiado ingenuo, o demasiado ambicioso, o
demasiado presumido puede ser un problema. ¿No es ésa, acaso, una
información muy provechosa? En los cuentos maravillosos se nos
explica que hay que ser amable cuando alguien solicita nuestra ayuda
y resuelto contra ogros, lobos y dragones de toda índole. También
se nos dice que nuestros actos tienen consecuencias y la
perseverancia cosecha su recompensa. Así que en esas historias hay
esperanza y, si las estudiamos a fondo (o incluso sólo con leerlas o
escucharlas) podemos encontrar un mapa, una guía a seguir para salir
del laberinto.
Hace años tuve un sueño que nunca he olvidado.
Soñé que estaba en una casa donde pasé muchos fines de semana y
veranos en mi infancia. Es una casa enorme, antigua, llena de
escaleras y rincones en penumbra. Aunque llevo lustros sin pisarla,
es uno de los lugares que más frecuento en sueños. Soñé que
entraba en una de las estancias y allí todo parecía armonioso, iluminado por
una luz blanca muy brillante. Había montones de libros y algo así
como ángeles trabajando sin prisas en crear juguetes y pequeños
objetos y en escribir narraciones maravillosas que sucedían al mismo
tiempo que se contaban. En ese taller fantástico revolví dentro de
los baúles, me probé ropa preciosa y escuché cuentos que podía
encarnar y vivir. Luego, alguien me acompaño a la puerta, me
despidió con afecto pero no me dejó llevarme nada, ni siquiera un libro de tapas doradas que me encantaba y no había podido terminar, ni siquiera una horquilla para el pelo. Me desperté
contenta y triste porque había encontrado “la habitación del
tesoro”, pero había salido de allí con las manos vacías.
Bastante tiempo después, empecé mi formación en cuentoterapia y, un día, cuando entraba en la sala donde tenía
lugar uno de los cursos, vi a mis compañeros, a mis profesores, los
montones de libros desparramados por el suelo, oí la música sonando
(siempre llego tarde)...Y, bueno, no sé, no tengo ni idea de cómo
lo he hecho, pero sentí que había vuelto a encontrar “la
habitación del tesoro”. Y, además, aquella vez, y todas las
que han seguido, he regresado “a la realidad” siempre con
algo, un objeto, sí, y también un cuento con (casi) todos sus
secretos desvelados.
Lo que quiero decir es que, cuando me siento
perdida, asustada o, simplemente, harta, ahora sé a dónde acudir
para encontrar algún alivio. Leo un cuento o lo escucho; siento,
pienso, busco las claves. Recuerdo “la habitación del tesoro”
y me imagino allí. ¿Podría un cuento sin valores lograr
trasladarnos a ese lugar tan puro donde las cosas se ordenan y cobran
sentido?.
PD: Os enlazo un vídeo de Ana Mª Matute y Antonio Rodríguez Almodóvar charlando de sus cosas. Es una maravilla. Estos dos salieron de la habitación del tesoro con un saco cargadísimo.
¿Qué
pasaría si todo lo que deseamos pudiera ser nuestro con la sola
fuerza del pensamiento? ¿Qué sería de nosotros si nunca nadie ni
nada nos enseñara a renunciar, a ceder, a pactar, a esforzarnos más
o a esforzarnos menos y conformarnos con lo que hay? ¿Nos haría eso
más creativos, más empáticos y más felices?
Me
pareció una idea muy sensata, aunque contradiga la sarta de
libros de autoayuda que nos hacen sentir mejor a ratos asegurándonos
que todo está a nuestro alcance si somos capaces de visualizar
correctamente lo que queremos y de dar los pasos místicos y
esotéricos apropiados. La realidad es que no podemos “ganar
un millón de dólares”
ni recuperar el amor perdido encendiendo barritas de incienso por
toda la casa. Y está bien así. Al menos, eso es lo que los cuentos
de hadas, en sus versiones genuinas, llevan cientos de años enseñándonos:
"La concesión de deseos es parte fundamental de la magia y en los cuentos de hadas hay pozos, fuentes, árboles, ropas, anillos, espadas, varitas mágicas, flautas, campanas, lámparas, velas, cajas y monederos que los conceden, la mayoría de ellos con alguna relación mitológica, como el casco de Plutón, el sombrero de Wotan y el monedero de Fortuna. El más importante de todos ellos a la hora de conceder deseos y hacer transformaciones es la varita mágica. Es el atributo de todos los magos y la gran transmisora de fuerza sobrenatural. El deseo tiene también connotaciones religiosas desde el momento en que acepta la eficacia de la plegaria. A un mago poderoso, un hada o una bruja les basta con desear una situación para que ésta se produzca y, cuando la magia es verdaderamente poderosa, puede transportar a las personas a sitios distantes sin su conocimiento o contra su voluntad, y traerlas a la presencia del mago o transformarlas bajo cualquier disfraz. Al tener relación directa con la magia, la concesión de los deseos encierra siempre algún peligro y ha de hacerse con suma discreción: los cuentos de hadas están llenos de ejemplos en los que un deseo absurdo ha producido un desastre o provocado una situación ridícula.
Hay una base moral que evita la petición de deseos egoístas que intenten moldear las cosas según nuestros caprichos infantiles o conveniencias personales, en vez de tener en cuenta las necesidades de los demás, las leyes de la naturaleza o la aceptación de las cosas tal como son. Esta actitud la censuró Thomas Traherne al decir: "Nunca disfrutarás del mundo plenamente hasta que consideres todo lo que hay en él tan tuyo que no puedas desearlo de otra forma".
A
este respecto, hay un cuento de los recogidos por los hermanos Grimm
que me gusta mucho: Frau Holle (Madre Nieve, en
castellano). Frau Holle fue el primer cuento sobre el que
decidí trabajar por mi cuenta cuando inicié mi formación en
cuentoterapia. Me llamó la atención de inmediato, aunque contiene
muchos elementos que también están presentes en otras narraciones
populares (la madrastra, las diferentes conductas de las dos hermanas
que, obviamente, cosechan resultados distintos; el pasaje del mundo
real a otro donde operan fuerzas mágicas, la figura de una
anciana bondadosa a pesar de su aspecto desagradable, etc.). Entiendo
que el cuento alberga múltiples símbolos y varios significados.
Entiendo que, sobre todo, contiene información sobre el proceso de
maduración de una persona que se adentra en las profundidades de sí
mismo y trabaja (o no) para mejorarse.
Pero,
por hoy, mientras lo releo, me quedo con la idea de que si queremos
“cubrirnos de oro”, es preferible no ir mucho más allá
del momento presente, atendiendo las tareas cotidianas según se van
presentando, sin obsesionarnos con el beneficio que, a largo plazo,
puede reportarnos nuestro esfuerzo. Hacer lo que haya que hacer, por humilde y poco estimulante que parezca, y no dar por sentado que nos lo merecemos todo porque sí.
PD: Mientras buscaba información para escribir esta entrada, encontré este vídeo sobre una compañía de teatro infantil que busca financiación para un proyecto basado en el texto de "Madre Nieve". Me pareció muy interesante y por eso lo comparto, aunque no he podido localizar nada más sobre ellos en la red. Ojalá vean su sueño cumplido algun día.
Cuando era niña, tuve la
fortuna de pasar tardes y tardes en una casa donde no había muchos
juguetes, pero sí muchas cosas con las que poder jugar (lo cual es
mejor, sin duda) y, entre éstas, había un abanico pequeño con un
hada dibujada que se le aparecía a dos niños en un bosque. Durante
mucho tiempo estudié esa imagen y pregunté a los adultos que me
rodeaban sobre ella; me fascinaba. Un día, un señor ya mayor me
confirmó que sí, que, en efecto, las hadas ayudan a encontrar el
camino de vuelta a los niños que se pierden en el monte. De hecho, a
él, muchos años atrás, le había pasado unas cuantas veces; aunque
sólo cuando se había extraviado yendo a por leña, nunca cuando se
había despistado jugando. También me contó que las hadas que él
había visto, al contrario de la del dibujo, no llevaban varita mágica (ésa era justo la clase de
detalles que me interesaban).
Más o menos cuando tenía
6 ó 7 años, me perdí. Tenía que ir a comer a una casa no muy
lejos de la de mis abuelos y el camino, salvo por una bifurcación,
era todo recto. Lo había hecho montones de veces, pero ese día algo
pasó y me desorienté. Era un domingo al mediodía, no había un
alma por la calle y empecé a asustarme; por suerte, cruzó por ahí una señora vieja, muy
bajita, que hablaba en castellano (en mi pueblo de Mallorca eso no
era muy frecuente, sobre todo en personas ancianas). Le conté lo que
me ocurría y ella me acompañó hasta que encontramos la casa. Yo
todavía ahora creo que esa mujer era un hada, entre otras cosas
porque, cuando subí a la casa y expliqué lo sucedido y salimos a la
puerta para darle las gracias, ella ya no estaba (eso de esfumarse es
muy de hada, ¿no?). Además, durante la comida di datos sobre la
señora, pero ninguno de los presentes pudo identificarla en el
censo de viejas-bajitas-que-hablan-en-castellano del pueblo y yo
nunca más la volví a ver.
He contado esto porque
hoy, otra vez, es mi cumpleaños y quiero aprovechar la celebración
para agradecer éste y otros regalos
“de las hadas” que he recibido a lo largo de mi vida.
Por ejemplo, sin ir más
lejos, quiero dar las gracias a las personas que siguen este blog, o
que lo leen ocasionalmente, y me transmiten sus comentarios en público o
en privado. Es un detalle que dediquen algo de su tiempo a conversar
con una desconocida (o con una faceta más o menos desconocida de mí).
Muchas gracias a Laura por el cuento que me hizo llegar, “Pedra”,
y del cual algún día subiré aunque sea un fragmento para que
todos podáis leerlo (si a ella le parece bien); gracias a
Mayti por invitarme a colaborar en Yo aprendí a leer... -un blog,
por cierto, original y con contribuciones estupendas (¡a ver yo
ahora qué explico!)-. Gracias a Ciudadano Ken, a Lady Incógnita, a los
lectores que han publicado sus comentarios anónimamente y a los que
me dais feedback en vivo y en directo.
La verdad es que pienso
que seguiría escribiendo aunque no me leyera nadie, porque escribir
para mí es como estar en casa. Pero, a veces, claro, es inevitable
sentir desánimo, pereza o cansancio. Así que cuando descubro que,
contra todo pronóstico, alguno de vosotros me ha leído es como si
me acompañarais de regreso al hogar desde el corazón de un bosque a
oscuras. Infatti, es exactamente como me lo contaron de niña: cuando te
pierdes haciendo lo que debes, lo que te corresponde, es posible que
las hadas aparezcan para echarte un cable. ¡Muchas gracias a todos vosotros por ser
mis hadas protectoras en esta aventura! ¡No os esfuméis, ¿eh?!.
PD: En cada taller de mi formación en Cuentoterapia, nos recomiendan decenas de libros de todo tipo. Por desgracia, aún no he logrado ganar el sueldo Nescafé, así que tengo que elegir cuidadosamente mis adquisiciones. El álbum que me gustaría recomendaros hoy es el primero que compré (no lo dudé ni un segundo). Se titula Muchas gracias(Ed. Kalandraka, 2013), está escrito por Isabel Minhós Martins e ilustrado por Bernardo Carvalho. Es un pequeño cuento sencillo y precioso y después de leerlo -o de que os lo lean- probablemente sentiréis que todos los encuentros (y hasta los encontronazos) valen la pena en esta vida.
Hace
unos días estuve enferma. No enfermísima, pero sí muy cansada, con
dolores musculares y algo de fiebre. Para recuperarme, además de
dormir mucho y tomar infusiones, estuve viendo El Hobbit, la película
de Peter Jackson. Yo no soy una gran fan de Tolkien. No es que no me
guste, pero no conozco su obra a la manera exhaustiva de los
auténticos fans. No tengo ni nociones de la lengua élfica y si me
enseñaran un mapa de la Tierra Media me orientaría malamente.
Además, con El Señor de los Anillos (el libro) me pasó algo de lo
que me avergüenzo un poco: unas Navidades lo empecé y llegué sin
aliento más allá de la página 600, pero ahí me encallé y ya no
hubo manera. Era un pasaje -todavía me acuerdo- interminable, en el
que Frodo y Sam erraban con Smeagol por una ciénaga asquerosa y
aquello parecía no tener fin. Así que lo dejé y estuve sin saber
cómo se resolvía todo hasta que se estrenó la trilogía en los
cines. O sea que no, no soy una incondicional del legendarium
de Tolkien. Pero entiendo a la gente que sí lo es, porque yo también
me lo paso bien viendo las películas de la saga de vez en cuando. Es
una buena historia. Creo que una de las razones por las que el relato de Tolkien se ha convertido en un clásico moderno es precisamente por la excelencia con la que el escritor inglés manejaba el ABC de los relatos épicos. El famoso “camino del héroe”, como lo denominó Joseph Campbell, no tenía secretos para JRRT y, si despojáramos su obra de esos elementos de contexto que la hacen tan atractiva para la mayoría (el paisaje singular, las distintas tribus con su genealogía perfectamente documentada, la magia...), seguiríamos teniendo un cuento (un cuento bastante largo) que funciona.
Yo digo que ver El Hobbit formó parte de la medicina que curó mi pequeña gripe porque hay aspectos psicológicos que entran en juego cuando no te encuentras bien físicamente. Es un cambio respecto al estado habitual, es una aventura indeseada, y, como le pasa al protagonista de la historia, al principio te resistes a aceptarlo. Luego, cuando lo asumes y comprendes que te las ves con un enemigo feo como un orco, aparecen aliados y encuentras tesoros, el proceso avanza (más lento de lo que te gustaría, pero también con gratificaciones inesperadas -esos sueños tan vívidos de los estados febriles, esa experiencia de la vida en presente continuo-) y, si, como es el caso, se trata de un virus poco virulento (valga la redundancia), una mañana te despiertas sintiéndote bien, como renacida, dispuesta a poner orden en la casa y a hacer lo que haya que hacer con muchas más ganas.
Los
protagonistas de los cuentos siempre libran batallas que no han
elegido, gracias a las cuales crecen, maduran y cambian su mundo. De
eso trata El Hobbit y de esto trata en muchas ocasiones la vida.
Somos viajeros y el héroe que hay en nosotros necesita desafíos.
Recordarlo le vino bien a mi
parte Bilbo Bolsón,
miedosa y comodona.
PD: No sugiero que El Silmarillion o Las aventuras de Tom Bombadil puedan curar; ni siquiera digo que un buen libro "es la mejor medicina". Sólo pienso que conocer la estructura del mito y "aplicarnos el cuento" nos puede ayudar a la hora de enfrentar un reto (por si hace falta aclararlo).
Iba a decir que la cuentoterapia es una terapia novedosa que consiste en utilizar los cuentos con fines de autoconocimiento y sanación, pero eso no es verdad. La cuentoterapia, en realidad, es antiquísima, aunque sea mérito de Lorenzo Hernández Pallarés el haber acuñado el término y, junto a un pequeño grupo de psicólogos y especialistas, haber sentado las bases de esta disciplina.
Esto tendría muy poco que ver con Lou Reed (Nueva York, 1943-2013), quien nos ha dejado hace unos días, si no fuera porque en el último taller de Lorenzo al que asistí en Barcelona, “Lo rechazado. El encuentro con la sombra”, tratamos acerca de algo sobre lo que Lou sabía un montón: nuestra relación con el lado salvaje de la vida.
Caratula frontal del álbum Lou Reed-Transformer (1972)
El concepto sombra, sobre el que no voy a extenderme -porque, además de escribir un blog, intento tener una vida-, es hoy en día harto familiar para las personas que frecuentan la lectura de textos de psicología y autoayuda. También es un concepto muy antiguo y muy presente en la cultura occidental (la eterna lucha entre el Bien y el Mal, que tanto bien y tanto mal nos ha hecho, está en la Biblia, sin ir más lejos, y tiene mucha relación con esta dualidad que implica la existencia de la sombra). En psicología, grosso modo, la sombra es lo que su propio nombre indica: una zona oscura, no alcanzada por la luz, cuya forma muestra de, manera más o menos distorsionada, la misma silueta del cuerpo que la proyecta. Es decir, que la sombra de un individuo vendría a ser él mismo, pero en la tiniebla y deformado, y estaría integrada por rasgos de personalidad ocultos o reprimidos. Estos rasgos, ojo, no son necesariamente negativos. Alguien que haya, por ejemplo, crecido en un entorno donde se evitaba el contacto físico, no se manifestaban emociones como el cariño y haya interiorizado esto como positivo, puede albergar en su sombra una capacidad para dar y recibir afecto totalmente inexplorada.- En fin. Espero que Carl Gustav Jung no se revuelva en su tumba por esta explicación tan somera-.
A lo que iba: la sombra, su reconocimiento, la lucha contra ella, la integración de la misma, etc...se diría un asunto exclusivamente adulto, algo a lo que nos enfrentamos cuando ya tenemos una edad. Sin embargo, contra todo pronóstico, es un tema muy caro a los autores de literatura infantil y juvenil y lo encontramos, con intención y resultados diversos, en los cuentos de hadas tradicionales, en cuentos de autor como Peter Pan y Wendy,Las aventuras de Pinocchio o El Mago de Oz, y en novelas juveniles contemporáneas (toda la saga de Harry Potter, por ejemplo, abunda, en su trama y subtramas, en este encuentro del héroe con su lado oscuro). Y tengo la impresión de que esto es así no por casualidad, sino porque acaso ésta sea la lucha definitiva. Sólo quien se mira al espejo y tiende la mano a su reflejo distorsionado puede obtener el tesoro que le está destinado (las perlas de la sabiduría, el collar sagrado, la corona).
Y ahí es donde, por fin, regresamos a Lou Reed, esa tenebrosa aparición vestida de cuero negro, cuya música y vida artística, improbablemente hermosas, resuenan en nosotros como manifestación de la sombra en plenitud. Porque la sombra es de veras oscura, pero “permanece conectada con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí (donde) puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano” (Liliane Frey-Rohn).
Así que, gracias, Lou, por tu sombra y por la luz de tu sombra derramada sobre nosotros.
Y ya no digo nada más, pero os dejo con una canción de Velvet Underground y su aSOMBRosa letra:
I'll be your mirrow (Seré tu espejo)
Yo seré tu espejo Reflejaré lo que eres, en caso de que no lo sepas Yo seré el viento, la lluvia y la puesta del sol La luz en la puerta para mostrarte que estás en casa
Cuando pienses que la noche ha visto tu mente Que dentro eres retorcido y cruel Déjame quedarme para mostrarte que estas ciego Por favor, baja las manos Porque te veo
Me resulta difícil creer que no sepas Lo bello(a) que eres Pero si no, déjame ser tus ojos Una mano en la oscuridad, para que no tengas miedo
Cuando pienses que la noche ha visto tu mente Que dentro eres retorcido y cruel Déjame quedarme para mostrarte que estas ciego Por favor, baja tus manos Porque te veo
La mujer que protagoniza este vídeo,
seguramente, no es una cuentacuentos profesional, pero para mí su
forma de narrar es conmovedora. Cuando lo miro, veo cómo el cuento
va “hacia adentro”, hacia recuerdos y emociones antiguas -esas
cosas que a veces pasan con los cuentos- y me encanta. Y otra cosa
que no es que me encante -porque no puede ser-, pero me encantaría
es sacar ahora mismo los altavoces por la ventana de la cocina y
poner el volumen al máximo para que este cuento lo oyera mi vecina,
una señora que vive dos pisos más abajo y que en estos momentos
mantiene con su madre anciana una discusión de la todos nos estamos
enterando. Mi vecina llora y grita: “Todos. Todos menos yo.
¡Siempre!. Siempre todos menos yo”. No conozco los detalles
del conflicto, claro, pero sospecho que puede tener mucho que ver con
el de la pequeña Julieta.
Recomiendo, pues, Julieta estate quieta, escrito e ilustrado por la estupenda Rosemary Wells (existen diferentes ediciones en el mercado), para el niño de 4-5 años que todos llevamos dentro.