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domingo, 22 de febrero de 2015

Soy un animal

“Hay que plantearse muy seriamente a qué dedicamos nuestro tiempo. Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas que más tiempo consumen en la vida de la gente.” Carl HONORÉ, autor de Elogio de la lentitud (Ed. RBA, 2005)

Imagen procedente de Yvonne's Workshop
"Un hombre tenía un burro que, durante largos años, había estado llevando sin descanso los sacos al molino, pero cuyas fuerzas se iban agotando, de tal manera que cada día se iba haciendo menos apto para el trabajo. Entonces el amo pensó en deshacerse de él, pero el burro se dio cuenta de que los vientos que soplaban por allí no le eran nada favorables, por lo que se escapó, dirigiéndose hacia la ciudad de Bremen. Allí, pensaba, podría ganarse la vida como músico callejero. Después de recorrer un trecho, se encontró con un perro de caza que estaba tumbado en medio del camino, y que jadeaba como si estuviese cansado de correr. 
-¿Por qué jadeas de esa manera, cazadorcillo? -preguntó el burro.  
-¡Ay de mí! -dijo el perro-, porque soy viejo y cada día estoy más débil y, como tampoco sirvo ya para ir de caza, mi amo ha querido matarme a palos; por eso decidí darme el bote. Pero ¿cómo voy a ganarme ahora el pan?
-¿Sabes una cosa? -le dijo el burro-, yo voy a Bremen porque quiero hacerme músico. Vente conmigo y haz lo mismo que yo; formaremos un buen dúo: yo tocaré el laúd y tú puedes tocar los timbales (...)" 

De esta manera da comienzo Los músicos de Bremen, uno de los cuentos recogidos por los hermanos Grimm de los que más me acuerdo últimamente. Algo que me llama la atención es que, en cierto modo, se trata de una historia atípica. Sus protagonistas no son jóvenes ingenuos que se lanzan a la aventura en la plenitud de su vigor físico e inconscientes del peligro. Los músicos son justo lo contrario de eso: unos viejos que se las saben todas. Además, la peripecia de los protagonistas deja en mal lugar al género humano, lo que evidencia una compasión por las criaturas que conviven con nosotros no muy común en la narrativa tradicional.
Como recordaréis, los músicos son un burro, un perro, un gato y un gallo ya inútiles para el trabajo que, ante su propia decrepitud y el desafecto de sus amos (el cual llega a límites tan crueles como en la vida misma), deciden aliarse y escapar juntos porque “en cualquier parte se puede encontrar algo mejor que la muerte”. Me gusta esta visión vitalista de la vejez como una etapa en la que aún se puede sacar partido de los propios talentos (en este caso, para convertirse en músicos callejeros). Y también me gusta que, al final, los personajes encuentren un hogar propio en el que ser independientes y felices.
Claro que, por el camino, como suele ocurrir en los cuentos, los animales tendrán que atravesar el bosque y enfrentarse a un enemigo. El enemigo aquí son unos ladrones, lo que también me da que pensar, porque ¿cuántos ladrones no hay en nuestra vida que nos roban nuestros tesoros más preciados?. El tiempo, por ejemplo; o la libertad para corretear por ahí, acurrucarnos junto al fuego y cantar por las mañanas. Pienso en eso y lo asocio a un concepto del que he oído hablar recientemente, el “síndrome de la felicidad aplazada”:
"El síndrome de la felicidad postergada (o deferred happiness syndrome en inglés) se caracteriza por la angustia de no tener tiempo para hacer todo lo que debemos hacer, lo que nos lleva a posponer los momentos de recreación, diversión y descanso para después."
Pintura de Leandro Lamas
¿Os resulta familiar? Si es así, os invito a releer el cuento y a aplicar sus enseñanzas en vuestro día a día. ¿Cómo?. Pues, para empezar, tomando la decisión de no darse por vencidos: pese a lo que pueda parecer, hay vida más allá del trabajo que desempeñamos para ganarnos el sustento. Y si no podemos convencernos de ello solos, conviene abrirse a la posibilidad de perseguir nuestros sueños en compañía de otros, aunque sean aliados insospechados que nunca imaginamos que nos acompañarían. Para echar a los ladrones (el sentimiento de culpa y las voces insidiosas del perfeccionismo y la autoexigencia, entre otros) ciertamente hay que ser muy burro. Y muy perro. Tan astuto y sensual como un felino; tan diligente y orgulloso como un gallo. En la vida real, los animales dedican tiempo a proveerse de alimento y a descansar; remolonean y tienen vida social; viven de acuerdo con unos ciclos naturales y no parecen excesivamente neuróticos cuando se atienen a ellos. ¡No renunciemos a ser animales, por favor!. Tomémonos nuestro tiempo y disfrutemos de este (breve) paseo.

lunes, 19 de enero de 2015

Ratón de campo

Ilustración de Helen Ward para El ratón de campo y el ratón de ciudad, Ed. Juventud, 2012

Aunque hace ya casi un mes que pasamos el solsticio de invierno, las noches son todavía largas y gélidas. Es lo que toca en este lado del mundo y me encanta. Tiempo atrás no me gustaba nada el invierno, pero, a medida que me hago mayor, más en sintonía me siento con el frío, la ropa de abrigo, las tardes en casa...Si llego a vieja con salud, creo que seré bastante feliz ejerciendo de anciana convencional, haciendo tareas domésticas y manteniendo animadas charlas con las plantas. Mi vieja interior -si tengo una niña interior, ¿por qué no voy a tener también una vieja adentro?- es tranquila y alegre y un poco vaga; no tiene prisa, no va a ninguna parte y se detiene a mirarlo todo como si nunca lo hubiera visto. Es una vieja invisible que está completamente viva y presente en el momento.
Esa anciana que me habita a ratos me trae a la memoria uno de mis cuentos favoritos de todos los tiempos: "El ratón de campo y el ratón de ciudad”. Imagino que conocéis la historia, porque es una fábula antiquísma que ya fue recogida por Esopo y también por La Fontaine y se ha difundido en todo tipo de versiones (por ejemplo, ésta en títeres de guante de Sesame Street). En la que yo leía de niña, los dos ratones eran primos y se visitaban mútuamente. Uno era un ratoncito de campo que vivía en el tronco de un árbol y pasaba sus días tranquilo, correteando y alimentándose de lo que pillaba por ahí. El otro vivía en una gran ciudad, en la mansión de unos señores, y su vida era lujosa y emocionante, aunque también peligrosa porque en la casa había un gato que amenazaba con comérselo cada dos por tres.
De ese cuento me encantaban las ilustraciones; algo que -supongo- les sigue ocurriendo a los niños pequeños de hoy en día cuando ven plasmado en un dibujo el juego de proporciones entre el mundo que ellos pueden abarcar y manipular y el mundo a tamaño adulto. Recuerdo, como si la estuviera viendo ahora, una escena en la que los dos animalitos, sentados sobre dedales, comían un pedazo de queso y un rodillo de hilo hacía las veces de mesa. Un ratón llevaba frac y sombrero de copa y el otro un atuendo sencillo de campesino.
Pero no se trataba sólo de las imágenes. Creo que si yo releía ese cuento una y otra vez era porque reflejaba un anhelo de viajar, de conocer realidades distintas, y también la intuición de que todos los finales felices son una vuelta a casa. Es necesario cruzar el umbral del hogar para aprender, para crecer. Y es una alegría, tiempo después, regresar; en un sentido amplio, regresar a lo que no se compra con dinero: paz de espíritu, saber quién eres y dejar de perseguir ser algo diferente.
Os dejo con una canción que habla de eso, porque, a lo mejor, no hace falta tener 90 años para sentirse ratón de campo y ser feliz con placeres asequibles:



PD: La Editorial Picarona ha publicado recientemente un cuento escrito por Bil Lep e ilustrado por David T. Wenzel, El rey de las pequeñas cosas, que abunda en este asunto. Os lo recomiendo, así como realizar las actividades que, a partir de esta lectura, proponen en el blog Biblioabrazo -un (pequeño) divertimento para niños chicos y grandes que nos puede ayudar a redimensionar-.

sábado, 10 de enero de 2015

Mujeres que caminan con los osos (II)


"Niña y oso" de Anna Silivonchik
Ilustración de Theodore Kittelsen
para "The polar Bear King" (1912)
Una de las cosas que más me gustan de las fiestas navideñas es el tiempo que puedo pasar en chandal y sin zapatos, sin mirar el reloj, tan pancha. Y no hacer nada y leer y, como una cosa lleva a otra, al final escribir (pero si no me sale, oye, pues bien igual; que mañana será otro día tan bueno como el que que acaba de pasar para ir en chandal y con los pies descalzos y probar de nuevo). 
Lo que hago en esas fechas -comidas pantagruélicas aparte- se parece un poco a un proceso de hibernación, como el de...¡Ah! Los osos...Todavía no he acabado con ellos, me temo. De hecho, mi colección de ilustraciones de osos y mujeres ha seguido engordando en estos meses y yo continuo descubriendo secretos en los cuentos.
En un post anterior, os hablé del simbolismo del oso en clave femenina (vinculado a la maternidad, a la naturaleza cíclica del tiempo, a lo lunar, a la tutela amorosa de lo que crece). Pero el oso tiene también unas características masculinas bien representadas en los cuentos tradicionales. Fuertes e independientes, solitarios y territoriales, los osos son animales imponentes, capaces de inspirar afecto y respeto. Por ello -con sus peculiaridades más o menos tergiversadas o dulcificadas-, aparecen en un sinfín de historias para niños.  

Ilustración de Kaebobee inspirada en el cuento
 "El oso de la luna creciente"
Para no apartarme excesivamente del contenido de las imágenes, voy a centrarme en esa estirpe de cuentos que, genéricamente, tratan el tema de un príncipe encantado. Supongo que os suena: un príncipe, transformado por un maleficio en animal (o un ser de apariencia feroz y extraña), entabla una relación con una doncella. El contacto con esta muchacha, la forma en que ella lo trata y los sacrificios que realiza por él (de manera voluntaria o siguiendo un dictado paterno), hacen posible que, con el tiempo, el encantamiento se rompa y el príncipe retorne a su apariencia original -que es la de un hombre bello y bueno en todos los sentidos-. A esta categoría pertenecen El príncipe sapo y Blancanieve y Rosaroja, por citar dos cuentos de los hermanos Grimm muy conocidos. También La Bella y la Bestia sigue el mismo patrón, que, en esencia, recrea elementos del mito de Eros y Psique recogido por Apuleyo.  

Ilustración de Hanna Liekeland
A Good Natured Bear
 (ilustración victoriana, libre de derechos)
Existen muchas variantes de este esquema (sólo en la narrativa tradicional castellana encontramos multitud de ellas -véase aquí-), lo que da una idea de hasta qué punto ha arraigado en nuestro imaginario la idea del hombre animalizado que sólo puede ser salvado de su condición indeseable por su amada. Lo curioso es que no pocas veces ese hombre hechizado tiene la apariencia de un oso. ¿Por qué un oso? Seguramente porque hubo un tiempo en que los osos salvajes eran una presencia sobrecogedora no muy alejada de los enclaves humanos. Y porque el oso, si nos fijamos bien,  es un mamífero con cierto parecido a nosotros en su capacidad de erguirse sobre sus patas traseras, su gusto por la miel, la forma en que la madre cría a los oseznos durante un período dilatado y que, además, posee una faz que nos puede resultar en cierto modo familiar  (se dice que un oso puede fácilmente distinguirse de otro por sus rasgos faciales e, incluso, que la expresión de éstos puede cambiar de manera significativa de un momento a otro). Teniendo esto en cuenta, no es raro que este animal haya sido el predilecto para encarnar los aspectos más bárbaros de la naturaleza humana. 

Es habitual en estas historias de príncipes encantados que la confianza primero y el amor después sean el detonante de la humanización del príncipe. La muchacha reconoce las virtudes de la bestia, pese a la fiereza de su aspecto, y, si se impone una separación, no se resigna, sino que emprende un viaje y atraviesa duras pruebas para reunirse con él, su esposo animal. Cuando el trayecto culmina, ambos se reencuentran en unas condiciones nuevas, porque han sido transformados por la experiencia. La valentía, la lealtad y la perseverancia reciben como recompensa poder ver y amar al otro en su verdadera esencia. 

Ilustración de Gabriella Barouch
Los cuentos de este tipo, los llamados cuentos maravillosos, presentan varios niveles de lectura y, cuando más profundizamos en ellos, mayor es el alcance de lo que nos comunican. Así, en este caso, podríamos considerar que los cuentos sobre un príncipe encantado hablan acerca de las relaciones de pareja y de las dificultades que éstas encaran en su inicio, cuando las personas implicadas no se muestran íntegramente, sino a través de una máscara que los aprisiona (el animal debe dejar de serlo y la doncella debe trascender su estado de inocencia para que el verdadero matrimonio se produzca). Pero también podemos interpretar que estos dos oponentes, másculino y femenino, Bestia y Bella, barbarie y civilización, se refieren a un proceso interno, intrapsíquico,  que tiene lugar en el interior de todos nosotros para llegar a ser un humano completo.
Pudiera ser, por ejemplo, que estos cuentos trataran acerca de cómo domeñar y convivir con nuestro instinto, nuestra animalidad. Con nuestro lado salvaje. O con nuestra sombra. O sobre cómo tratar con esos aspectos de nuestra psique menos desarrollados. Si fuera así, me parece muy interesante lo que nos transmiten las diferentes imágenes que he reunido esta vez en torno a las mujeres y los osos, porque cada una de ellas expresa una vinculación diferente con este amigo-enemigo que está en nosotras. Cada artista encuentra su propia fórmula, sus matices. ¿Y tú? ¿Has pensado en cuál es la relación con tu oso?.
Desde luego, no soy quien para dar consejos en lo que a exploración de nuestros lugares oscuros se refiere, pero creo que si os aventuráis por esos derroteros no estará de más recordar que "el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso". Don't be affraid!

viernes, 31 de enero de 2014

Dragones y mazmorras


Empieza hoy el Año Nuevo chino. Bajaré a husmear qué hacen mis vecinos, los adolescentes que regentan el bazar chino de debajo de mi casa (quizá "regentar" sea un poco exagerado, porque el negocio es de sus padres -o tíos o tutores o lo que sea-, pero, los fines de semana, la tienda es el lugar donde ellos solos se mueren de aburrimiento con una sonrisa en los labios durante doce horas al día). Me caen bien estos chavales.  Creo que son un poco rebeldes porque son emo y se visten como japoneses góticos. También son muy amables y se quedan con tu cara. Por no mencionar esa memoria prodigiosa que les hace recordar que el betún para zapatos está situado dos estanterías detrás de los trapos de cocina, entre los lápices de colores y la lencería. 
Este post con cuento chino se lo dedico a ellos. Para que saquen un día al dragón que llevan dentro, cierren  la tienda un rato y se vayan por ahí a bailar o a encender farolillos rojos. ¡Feliz año del caballo, chicos!