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domingo, 19 de enero de 2014

Cornucopia (los cuentos del hambre)

Ilustración de Silvia Bautista para una empresa de catering escolar.
Pertenezco a una generación anterior a la proliferación de hamburgueserías y aún me sorprende encontrarme a gente caminando por la calle mientras toma café en grandes vasos desechables y con pajita. Tampoco entiendo el súbito anhelo de algunos transeúntes por comerse un yogur mientras pasean. Además, el auge del botellón (esa especie de bacanal cutre) me pilló al final de la veintena y ya nunca le vi la gracia. En mi infancia los refrescos y chucherías se racionaban, salir a tomarse un helado era un pequeño acontecimiento, el desayuno de los domingos podía, a veces, ser especial, pero el resto de la semana tomábamos cola-cao y galletas maría -nada muy sofisticado ni avalado por nutricionistas-. Cuando era niña, me dejaba sobornar por un huevo kinder y si alguna vez me compraban un donut tardaba media hora en comérmelo, siguiendo una secuencia de pasos demencial destinada a prolongar la experiencia al máximo.

Explico esto porque hoy quiero recordar un tipo de historias que, de muy chica, me fascinaban. De hecho, el primer cuento que escribí -lo sé porque mi madre lo ha guardado- se titulaba “La mesa májica” (sí, con j. Sólo tenía seis años) y recreaba un episodio de ese tipo. Me refiero a esos cuentos de “mesa, ponte”, en los que el protagonista recibía en algún momento de su aventura un objeto capaz de proveerle de los más exquisitos manjares en el momento que lo pidiera. Normalmente, ese objeto era un mantel o, tal vez, unas alforjas (los que he podido encontrar en la red son unos cuentos un tanto misóginos, advierto). Fuera lo que fuera, el encantamiento permitía al personaje disfrutar de una comida deliciosa, sin las restricciones en la dieta propias de un niño de mi generación.
Me imagino que esos cuentos fueron perdiendo vigencia y encanto a medida que nos íbamos instalando en una sociedad opulenta y consentida. No lo digo con alegría, ni mucho menos, pero puede que ahora vuelvan a ponerse de moda.

Os dejo con una terrorífica escena de El Laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006) que, tangencialmente, guarda relación con esto de lo que hablo (y, de paso, con el mito de Perséfone), para que reflexionemos sobre los peligros de ser zampabollos: 


PD: No soy tan vieja como esta entrada pueda dar a entender, aunque, sí, ¡estoy a régimen!!