¿Es el verano el mejor momento del año? Ummmm, no lo sé. Pero, al
menos, sí es cierto que esta estación nos brinda la oportunidad de
mirar con otros ojos lo que nos rodea, descansar de la rutina y
renovarnos un poco a nosotros mismos. Por eso hoy he querido
traeros una pequeña muestra de la obra de Olga
Kvasha (Lutsk, 1976), una artista ucraniana a la que
descubrí hace tiempo en uno de mis paseos virtuales.
Siempre me han
gustado las láminas de botánica y de niña disfrutaba mucho con los
libros de cuentos cuyas ilustraciones retrataban el paisaje con
detalle, en las que se podían distinguir diversos tipos de flores y
la forma de las hojas de los árboles. Todavía ahora puedo pasar
horas entrenida con ese tipo de dibujos y por eso me encantan los
cuentos ilustrados por Angela Barrett, aunque sean de un virtuosismo
que a algunos les parece pasado de moda. Las pinturas de Olga, como las ilustraciones de la gran artista inglesa, invitan
a detenerse y a observar y eso supone un buen entrenamiento para la vida.
Flores en primavera, la luna en otoño, una brisa fresca en verano, nieve en invierno. Si tu mente no está ocupada de cosas innecesarias, ésta es la mejor estación de tu vida.
PEREGRINA.—Porque tiene veinte años… ¡y hace una noche tan hermosa!…
ANDRÉS.—En cambio, tú pareces muy contenta. ¡ Cómo te brillan los ojos!
PEREGRINA.—Es que no acababa de comprender la misión que me ha traído a esta casa… ¡y ahora, de repente, lo veo todo tan claro!
FALÍN.—¿ Qué es lo que ves tan claro?
PEREGRINA.—Una historia verdadera que parece cuento. Algún día, cuando seáis viejos como yo, se la contaréis a vuestros nietos. ¿ Queréis oírla?
NIÑOS.—Cuenta, cuenta… (Se sientan en el suelo frente a ella).
PEREGRINA.—Una vez era un pueblo pequeño, con vacas de color de miel y pomaradas de flor blanca entre los campos de maíz . Una aldea, tranquila como un rebaño a la orilla del río.
FALÍN.—¿ Como ésta?
PEREGRINA.—Como ésta. En el río había un remolino profundo de hojas secas, adonde no dejaban acercarse a los niños. Era el monstruo de la aldea.Y decían que en el fondo había otro pueblo sumergido, con su iglesia verde tupida de raíces y sus campanas milagrosas, que se oían a veces la noche de San Juan …
ANDRÉS.—¿ Como el remanso?
PEREGRINA.—Como el remanso. En aquella aldea vivía una muchacha de alma tan hermosa, que no parecía de este mundo. Todas imitaban su peinado y sus vestidos; los viejos se descubrían a su paso, y las mujeres le traían a los hijos enfermos para que los tocara con sus manos.
DORINA.—¿ Como Angélica?
PEREGRINA.—Como Angélica. Un día la muchacha desapareció en el remanso. Se había ido a vivir a las casas profundas donde los peces golpeaban las ventanas como pájaros fríos; y fue inútil que el pueblo entero la llamara a gritos desde arriba. Estaba como dormida, en un sueño de niebla, paseando por los jardines de musgo sus cabellos flotantes y la ternura lenta de sus manos sin peso. Así pasaron los días y los años…Ya todos empezaban a olvidarla. Sólo la Madre, con los ojos fijos, la esperaba todavía... Y por fin el milagro se hizo. Una noche de hogueras y canciones, la bella durmiente del río fue encontrada, más hermosa que nunca. Respetada por el agua y los peces, tenía los cabellos limpios, las manos tibias todavía, y en los labios una sonrisa de paz...Como si los años del fondo hubieran sido sólo un instante.
(Los niños callan un momento impresionados).
DORINA.—¡Qué historia tan extraña!… ¿Cuándo ocurrió eso?
PEREGRINA.—No ha ocurrido todavía. Pero ya está cerca…¿No os acordáis?…¡Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán!
Hoy es la Noche de San Juan y aprovecho para retomar la actividad del blog, después de varias semanas de trabajo absorbente. Ahora que se acabó mi substitución, se me hace raro disponer de tanto tiempo y me siento extrañamente culpable por no estar ya de pie a las seis de la mañana (ce n'est pas grave!, seguro que en un par de días se me pasa).
Pero es la Noche de San Juan, como decía, y hay mucho que celebrar y bastantes trastos que quemar en la hoguera. Además, quería contaros que, este curso que acaba de finalizar, leímos, mis alumnos de 2º de ESO y yo, La dama del alba, de Alejandro Casona. Me gustó mucho, durante varios viernes sucesivos, evocar la magia de la esta noche con los chicos. Ellos lo hicieron muy bien. Incorporaron a los personajes matices que éstos no tenían en el texto original (el abuelo fue un poco sordo y Falín ocasionalmente tartamudo, porque al chaval que lo interpretaba le pareció que su personaje salía poco y había que darle más protagonismo), pero, básicamente, se respetó el sentido de la obra y creo que casi todos apreciaron la atmósfera misteriosa, dramática y lírica que el autor supo crear.
Además, la lectura de este libro dio para hablar de muchas cosas: de fogatas y ritos, de fiestas locas y ligues de verano, de fantasmas, aparecidos y resignación ante la muerte. Se le podría haber sacado más jugo, desde luego, pero las urgencias del fin de curso -y el histerismo inherente- lo impidieron. Ojalá algún día pueda volver a trabajar con el texto de Casona. Me pareció muy adecuado para esta edad de grandes amores y desamores y en los que lo macabro resulta tan atractivo.
Algo que lamento no haber hecho en la explotación didáctica de La dama del alba es concluir la actividad con la visión de La joven del agua (2006), la película de Nitgh Shalaman -cuya traducción más
exacta sería, curiosamente, "La dama del agua" (Lady in the water)-. En su lugar vimos
una representación televisada de la obra, que, aunque correcta,
considero que no aportó mucho a lo que ya habíamos observado
durante la lectura en clase. ¿Por qué La joven del agua? Pues
porque profundiza en uno de los temas tangenciales de la obra de
Casona: cómo se forja una leyenda, cómo se crea una historia con
retazos de verdad y elementos de fantasía. Las buenas historias, las
que nos ayudan a vivir, no surgen de la nada. Hay un patrón y nos
puede ser útil conocerlo a la hora de escribir cuentos y también de
crear nuestras leyendas personales. De eso trata el film de Shalaman
(del cual os dejo el prólogo aquí abajo) y creo que hubiera sido un buen colofón. En fin, como dijo aquél, la próxima vez me equivocaré mejor.
PD: ¡Que se os cumplan los deseos que pidáis al saltar sobre las llamas! ¡O no... y a ver qué pasa (seguro que puede dar para una buena historia)!
"Ahora,
cuando aún no se ha terminado del todo la primavera es cuando se
siente más la tierra. Desde aquí veo cuántas y cuántas
clases de verde hay en ella, y las extrañas hojas de color de
rosa ; cuadrados amarillos, rojos y otros de un azul oscuro y
misterioso, que hace pensar. Miro y miro la tierra, y cuando más la
miro creo que comprendo mejor a todos los que me rodean […].
He visto cómo la trabajan los padres de Nin, sus tíos, sus primos
y todos los hombres y todas las mujeres de la aldea. Me gusta ver la
reja del arado, hundiéndose […]. [Los campesinos] siempre
están muy preocupados con el cielo, porque todo lo de la tierra
depende de él".
Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920- Montevideo, 2009) tenía un nombre muy largo: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. Ahí es nada. Llamándose así, era inevitable que acabara perteneciendo a la nobleza; aunque fuera a ésa que no ostenta insignias ni escudos de armas. La nobleza de Mario era la de un hombre entregado a las causas más elevadas -el amor, las mujeres, la vida-, y hoy, cuando se cumplen seis años de su desaparición, creo que merece la pena recordar su herencia -la que nos dejó a todos los que estamos y a los que vendrán-. Para ello he elegido un texto suyo que utilizo a veces con mis alumnos para introducir conceptos como polisemia, sinonimia o, simplemente, la importancia de las mayúsculas. Considero que "Benedetti" es una palabra enorme, que, entre otras, tiene la facultad de hacernos sentir acompañados. Por eso quiero que mis alumnos la conozcan. Por eso y porque nunca está de más amigarse con un noble verdadero.
Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mi me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrjes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?
Hace una semana, os hablé de Escritos en la corteza, un libro que había encontrado casualmente sobre una mesa de nuestro Departamento y que había decidido llevarme a casa para leerlo durante el Puente de Mayo. El libro me gustó mucho, lo leí en un suspiro, y de inmediato publiqué en este blog una pequeña reseña para recomendarlo. Luego, ese mismo fin de semana, se celebraba un Festival del Cuento cerca de donde vivo y para allí me fui, pero las entradas volaban y el primero de los dos días del evento no pude acudir a ninguna sesión de cuentacuentos, a ningún taller ni conferencia. El domingo, en cambio, tuve más suerte y encontré un pase, sólo uno, para asistir a la actuación de un señor llamado Ernesto Rodríguez (ummm, ese nombre...). Me pareció un cuentacuentos muy bueno, fino y nada artificioso, y con unas historias preciosas en su repertorio -algunas creadas por él y otras recopiladas-. Volví a casa pensando que qué suerte había tenido: en un mismo fin de semana, ración doble de cuentos, unos escritos y otros contados de viva voz, todos bonitos, elegantes, con algo que me recordaba vagamente a los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga, o, más bien, a la sensación que yo de niña tenía cuando leía al escritor uruguayo, sin saber nada de él ni de su mundo, sin saber lo que era un yacaré ni haber visto nunca una tortuga gigante. La sensación, sí, de que alguien te coge de la mano y te lleva muy lejos y cuando la historia termina es como si regresaras de un viaje.
Como habréis adivinado, nunca podría ganarme la vida como detective porque Escritos en la corteza y el cuentacuentos al que pude ver poco después de leer ese libro son la misma persona. El mismo Ernesto. Un señor, por cierto, muy conocido en el mundillo de los narradores orales, por ser, entre otras cosas, fundador y actual director del Festival Internacional del cuento de Los Silos, en Santa Cruz de Tenerife. Cada vez que me acuerdo de que llevaba su libro en mi mochila mientras intercambiaba con él unas palabras tras su actuación y no le pedí que me dedicara la obra ni le hice ningún comentario de fan, me doy un poco de rabia. Pero, bueno, al menos puedo decir que le he visto en acción y certifico la impresión que me dieron sus cuentos publicados: tras la sencillez aparente de sus relatos, hay mucho oficio y un espíritu amable y generoso. Os dejo un video que he encontrado en YouTube donde se le entrevista, para que también vosotros le conozcáis y, si os cruzáis con él mientras leéis alguno de sus cuentos, no os pase como a mí.
Y, ya de paso, os sugiero busquéis un álbum ilustrado titulado El rey que bordaba estrellas (los dibujos son obra de Victor Jaubert -¡qué estupenda página-web la suya!-). Allí Ernesto Rodríguez Abad nos explica la peripecia de un rey que, en lugar de dar órdenes, guerrear o acumular tesoros, prefiere bordar y crear mundos maravillosos. Es un rey muy valiente, claro, porque reina desde el corazón y conoce el poder secreto de las palabras (para los maestros: aquí encontraréis algunas propuestas de explotación didáctica del cuento). Pero mejor que os lo presente el propio Ernesto:
PD:Si os gustan los árboles y sus historias, os recomiendo los trece cuentos -cada uno de ellos dedicado a un árbol distinto y todos estupendos- que Ernesto Rodríguez Abad incluye en Escritos en la corteza (Ed. Alfaguara Juvenil, 2013). Estos relatos arbóreos para chicos -a partir de 12 años- se leen en lo que tarda en caer una hoja y tienen el valor añadido de estar acompañados por unas impecables ilustraciones de Ester García. Aconsejo especialmente leerlos durante el curso de un paseo por el campo o las montañas. Puede que si lo hacéis así, cuando veáis un árbol, descubráis lo que Rodríguez Abad explica en "Baobab. La vida secreta": "Todos miraban al árbol con veneración. Sabían que era el que guardaba las historias del anciano narrador, su corazón era un cofre que encerraba el tesoro de la humanidad: las palabras que cuentan lo que hemos sido". (Escritos en la corteza, pág. 93).
Murió Eduardo Galeano. Murió o lo que sea que ocurre cuando un escritor se va pero deja aquí sus palabras, el testimonio de sus ideas, de sus sentimientos, de lo que vio y de lo que comprendió acerca del mundo y de la naturaleza humana. Para sus allegados es una pérdida inconmensurable, claro; pero para quienes sólo le conocemos por su obra, Galeano sigue entre nosotros, contándonos cuentos con esa naturalidad que sólo puede ser fruto de mucho trabajo. Yo aventuro que sus lectores no le echaremos de menos, porque él continuará, como hasta ahora, compartiendo ratos buenos y malos con nosotros, inspirándonos, ayudándonos a mirar...Para nosotros, él nunca andará demasiado lejos.
Sobre esto escribió, y muy bien, la especialista en literatura infantil Ana Garralón hace unos días. En su blog podéis encontrar una reflexión sobre el vínculo del escritor uruguayo con la literatura infantil y una mención a La piedra arde (Lóguez Ediciones. 1980), uno de esos libros “extraños” que me regalaron cuando era pequeña y que ahora está -creo- descatalogado. Era un libro extraño porque los personajes no eran buenos o malos (el niño, Carasucia, entra a robar en el huerto del viejo, antes de que ambos se hagan amigos) y tenían un pasado, una historia, heridas reales y orgullo de ser lo que eran. Además las ilustraciones, de Luis de Horna, eran hermosas de una manera inusual. Por dibujos así, un lector joven puede llegar a entender, intuitivamente, que un artista expresa lo que ve fuera así como él es por dentro. Y, además, el final...Ese final que nos hacía sentir gratitud por las luchas que libraron nuestros abuelos.
Os invito hoy a que leáis o releáis La piedra arde -aquí, si no de otro modo- para recordar que más tentador que el exilir de la eterna juventud es llegar a ser un viejo sabio y generoso (NOTA: ¡Eduardo lo consiguió!).
La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.
Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro de huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba y cantando decía:
– Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.