Hace semanas que tenía lista mi felicitación de Año Nuevo. Todo estaba preparado (la imagen, el texto, la música) y mi intención era publicarla el 28 de diciembre porque hablaba de la inocencia y de cómo es importante empezar las cosas sin mala intención ni prejuicios ni expectativas desorbitadas. Empezar siendo inocentes. Pero, ¡hélas!, el post se me borró enterito la noche anterior y he tenido que improvisar. Esta inocentada (y, sobre todo, mi torpeza) me han dado un margen para repensar. Y, además, en el entretiempo, he visto este video con escenas no incluidas en el corto “Early Days”, en el que aparece Paul McCartney tocando la guitarra y cantando en una jam improvisada con jóvenes y veteranos bluesman, algunos profesionales y otros amateurs, como Johnny Depp. Y ahí he encontrado algo que no había tenido en cuenta al escribir mi felicitación original y es que hace falta mucho, un montón, tal vez toda la vida, para volver a ser inocentes. Esa inocencia final, destilada, es luminosa aunque sus raíces sean oscuras y no eludan la pena, las pérdidas y los dolores acumulados. De ahí sale una música espiritual aunque le cante a las cosas más mundanas. Así que voy a cambiar un poco mi mensaje: no os que deseo que entréis en el 2015 cándidos cual Caperucita en el bosque, porque eso quizá no sea posible (¡todavía!). Os deseo que comencéis el año con toda vuestra sabiduría almacenada y con vocación de asombro. Y, por supuesto, si recibimos una pequeña ayudita de nuestra hada madrina, mejor que mejor.
"Había una vez un niño al que no le gustaba la Noche.
Le gustaban las linternas y las lámparas y las antorchas y las farolas y los faros y los resplandores y las velas y los rayos y los relámpagos. Pero no le gustaba la Noche (...)"
Un niño nictofóbico es el héroe deEncender la noche, el cuento que me gustaría recomendaros hoy que es la noche más larga del año. Se trata de una narración escrita por Ray Bradbury -que ya sabéis que es un escritor que me encanta- y, en esta edición de Kóninos, está ilustrada por Noemí Villamuza, autora de unos dibujos siempre poéticos y muy hermosos.
Al protagonista de esta historia le da miedo quedarse a oscuras, pero siente el anhelo de jugar con otros niños en las noches de verano; ¿conseguirá realizar su deseo?. Lo ideal sería que lo averiguarais leyendo en la cama, pero si no disponéis de un ejemplar a mano, podéis ver este video (siempre y cuando apaguéis primero todas las luces):
Increíble, ¿no?. Todo lo que nos perdemos -los grillos, las ranas, las estrellas...- por no darle al interruptor de vez en cuando.
Este cuento se lo dedico a mis alumnos, que viajan gratis por el universo infinito y más allá y luego se quejan de que pregunto en el examen "cosas que no están en el libro".
LOS AUSENTES
Una vez, después de haber recitado las Dieciocho Bendiciones, el rabí de Berditchev se dirigió a varias personas presentes en la Casa de Oración y las saludó diciéndoles: "La paz sea con vosotros", varias veces, como si acabaran de volver de un largo viaje. Cuando lo miraron sorprendidas, dijo: "¿De qué os asombráis tanto? ¿No estabais muy lejos, acaso? Tú en un mercado, y tú en un barco cargado de grano, y cuando cesó el sonido de la plegaria volvisteis, y por ello os saludo".
Martin BUBER, Cuentos jasídicos. Los primeros maestros II, Ed. Paidós Mexicana, 1988, pág.59.
PD: No lo sé, pero me gusta pensar que a Marta Altés, la autora de la ilustración que acompaña estas líneas, se le ocurrió la idea de sacarle punta a lo de sacar punta un día que no estaba prestando atención en clase.
Ya, ya sé: comprar por
decreto, porque sí, porque es Navidad es una costumbre bastante pesada. Antiguamente, cuando uno esperaba todo el
año para tener un juguete nuevo o estrenar un par de zapatos, seguro
que concentrar las compras en un determinado momento del año tenía
sentido y era emocionante. Pero, ahora que hay menos restricciones en
ese aspecto y somos espoleados a consumir sin pausa, me da pereza
y hasta un poco de vergüenza participar en este despilfarro
colectivo. De hecho, la única razón de este post es que, gracias a las ventas navideñas, artistas y artesanos estupendos pueden pasar el invierno. Vale
la pena recompensar su esfuerzo y su talento. Y, bueno, la verdad es
que lo que crean tiene alma y no se puede ni comparar
a lo que encontramos en las grandes superficies.
Sin ir más lejos, estas fechas pueden servir de excusa para hacernos con algún objeto decorado por un ilustrador profesional. En este sentido, me gustan las tazas vitalistas de Mónica Carretero y los dibujos delicados con los que Carme Solà ha adornado las suyas. Imagino que, desayunando con estas imágenes ante los ojos, nuestro nivel de optimismo matutino puede incrementarse bastaste. Si vivís en Segovia (yendo al taller) o en Barcelona (en El Celler de la calle Entença), podréis ahorraros los disuasorios gastos de envío; en caso contrario, pensad que por poca diferencia haréis un regalo único.
Pulsera diseñada por Tere Reyes a partir de un dibujo infantil
Hablando de regalos únicos: hay al menos un par de buenas razones para darse un paseo (aunque sea virtual) por el Fantàstic Handmade Market Barcelona. Uno son las joyas que Tere Reyes elabora a partir de las palabras y dibujos de nuestros seres queridos (hay que encargarlas con antelación, pero esperar al resultado debe de ser parecido a esperar un talismán intrasferible) y, otra, los personajes que habitan en los accesorios y postales de Noesmind: no existen en la realidad, pero me encanta que existan en alguna parte.
Por otro lado, se me ocurre que si Ricitos de Oro hubiera
probado las sopas de los osos con las cucharas de cerámica que crean Miguel y Saika, todas le hubieran sabido bien. No lo digo
por decir: tengo un bol de los suyos y la comida que pongo en él
jamás defrauda (incluso si no es demasiado impresionante, el recipiente consigue darle un aire atractivo, lo que nunca viene mal -como saben los
grandes chefs y la bruja de Hansel y Gretel-). Os animo a que
visitéis su página. Veréis que, aparte de todo y no sé cómo, las
piezas de Micazuki dan ganas de cocinar algo que no engorde.
Finalmente, me gustaría sugeriros la posibilidad de hacer un regalo original: pasar un rato con mi amiga Maribel Montesinosy su cámara. Si conocéis a alguien que esté viviendo un momento especial (un amor, una maternidad, una paternidad, un viaje, un proyecto o, simplemente, la alegría de estar vivo), Maribel puede inmortalizarlo con arte y sentimiento por un precio razonable. Hacerse fotos de calidad parece totalmente innecesario en los tiempos que corren, pero dentro de unos años nos asombraremos de lo poco que nos evocan los selfies y echaremos de menos tener al menos un par de imágenes de eso que somos cuando no posamos.
Para terminar, os dejo con un pequeño relato que expresa bien lo que siento a veces estos días cuando paseo por el mercado de artesanía que han montado en mi ciudad:
Introducción a la Historia del Arte
Ceno con Nicole y con Adoum.
Nicole habla de un
escultor que ella conoce, hombre de mucho talento y fama. El escultor trabaja en
un taller inmenso, rodeado de niños. Todos los niños del barrio son sus
amigos.
Un
buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de
la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito.
El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes de
martillo y cincel. Los niños lo miraban hacer.
Entonces
los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar.
Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y
uno de los niños, con ojos muy abiertos, le preguntó:
-Pero...
¿Cómo sabías que adentro de aquella piedra había un caballo?
Cuando era niña, tuve la
fortuna de pasar tardes y tardes en una casa donde no había muchos
juguetes, pero sí muchas cosas con las que poder jugar (lo cual es
mejor, sin duda) y, entre éstas, había un abanico pequeño con un
hada dibujada que se le aparecía a dos niños en un bosque. Durante
mucho tiempo estudié esa imagen y pregunté a los adultos que me
rodeaban sobre ella; me fascinaba. Un día, un señor ya mayor me
confirmó que sí, que, en efecto, las hadas ayudan a encontrar el
camino de vuelta a los niños que se pierden en el monte. De hecho, a
él, muchos años atrás, le había pasado unas cuantas veces; aunque
sólo cuando se había extraviado yendo a por leña, nunca cuando se
había despistado jugando. También me contó que las hadas que él
había visto, al contrario de la del dibujo, no llevaban varita mágica (ésa era justo la clase de
detalles que me interesaban).
Más o menos cuando tenía
6 ó 7 años, me perdí. Tenía que ir a comer a una casa no muy
lejos de la de mis abuelos y el camino, salvo por una bifurcación,
era todo recto. Lo había hecho montones de veces, pero ese día algo
pasó y me desorienté. Era un domingo al mediodía, no había un
alma por la calle y empecé a asustarme; por suerte, cruzó por ahí una señora vieja, muy
bajita, que hablaba en castellano (en mi pueblo de Mallorca eso no
era muy frecuente, sobre todo en personas ancianas). Le conté lo que
me ocurría y ella me acompañó hasta que encontramos la casa. Yo
todavía ahora creo que esa mujer era un hada, entre otras cosas
porque, cuando subí a la casa y expliqué lo sucedido y salimos a la
puerta para darle las gracias, ella ya no estaba (eso de esfumarse es
muy de hada, ¿no?). Además, durante la comida di datos sobre la
señora, pero ninguno de los presentes pudo identificarla en el
censo de viejas-bajitas-que-hablan-en-castellano del pueblo y yo
nunca más la volví a ver.
He contado esto porque
hoy, otra vez, es mi cumpleaños y quiero aprovechar la celebración
para agradecer éste y otros regalos
“de las hadas” que he recibido a lo largo de mi vida.
Por ejemplo, sin ir más
lejos, quiero dar las gracias a las personas que siguen este blog, o
que lo leen ocasionalmente, y me transmiten sus comentarios en público o
en privado. Es un detalle que dediquen algo de su tiempo a conversar
con una desconocida (o con una faceta más o menos desconocida de mí).
Muchas gracias a Laura por el cuento que me hizo llegar, “Pedra”,
y del cual algún día subiré aunque sea un fragmento para que
todos podáis leerlo (si a ella le parece bien); gracias a
Mayti por invitarme a colaborar en Yo aprendí a leer... -un blog,
por cierto, original y con contribuciones estupendas (¡a ver yo
ahora qué explico!)-. Gracias a Ciudadano Ken, a Lady Incógnita, a los
lectores que han publicado sus comentarios anónimamente y a los que
me dais feedback en vivo y en directo.
La verdad es que pienso
que seguiría escribiendo aunque no me leyera nadie, porque escribir
para mí es como estar en casa. Pero, a veces, claro, es inevitable
sentir desánimo, pereza o cansancio. Así que cuando descubro que,
contra todo pronóstico, alguno de vosotros me ha leído es como si
me acompañarais de regreso al hogar desde el corazón de un bosque a
oscuras. Infatti, es exactamente como me lo contaron de niña: cuando te
pierdes haciendo lo que debes, lo que te corresponde, es posible que
las hadas aparezcan para echarte un cable. ¡Muchas gracias a todos vosotros por ser
mis hadas protectoras en esta aventura! ¡No os esfuméis, ¿eh?!.
PD: En cada taller de mi formación en Cuentoterapia, nos recomiendan decenas de libros de todo tipo. Por desgracia, aún no he logrado ganar el sueldo Nescafé, así que tengo que elegir cuidadosamente mis adquisiciones. El álbum que me gustaría recomendaros hoy es el primero que compré (no lo dudé ni un segundo). Se titula Muchas gracias(Ed. Kalandraka, 2013), está escrito por Isabel Minhós Martins e ilustrado por Bernardo Carvalho. Es un pequeño cuento sencillo y precioso y después de leerlo -o de que os lo lean- probablemente sentiréis que todos los encuentros (y hasta los encontronazos) valen la pena en esta vida.
Hace
unos días estuve enferma. No enfermísima, pero sí muy cansada, con
dolores musculares y algo de fiebre. Para recuperarme, además de
dormir mucho y tomar infusiones, estuve viendo El Hobbit, la película
de Peter Jackson. Yo no soy una gran fan de Tolkien. No es que no me
guste, pero no conozco su obra a la manera exhaustiva de los
auténticos fans. No tengo ni nociones de la lengua élfica y si me
enseñaran un mapa de la Tierra Media me orientaría malamente.
Además, con El Señor de los Anillos (el libro) me pasó algo de lo
que me avergüenzo un poco: unas Navidades lo empecé y llegué sin
aliento más allá de la página 600, pero ahí me encallé y ya no
hubo manera. Era un pasaje -todavía me acuerdo- interminable, en el
que Frodo y Sam erraban con Smeagol por una ciénaga asquerosa y
aquello parecía no tener fin. Así que lo dejé y estuve sin saber
cómo se resolvía todo hasta que se estrenó la trilogía en los
cines. O sea que no, no soy una incondicional del legendarium
de Tolkien. Pero entiendo a la gente que sí lo es, porque yo también
me lo paso bien viendo las películas de la saga de vez en cuando. Es
una buena historia. Creo que una de las razones por las que el relato de Tolkien se ha convertido en un clásico moderno es precisamente por la excelencia con la que el escritor inglés manejaba el ABC de los relatos épicos. El famoso “camino del héroe”, como lo denominó Joseph Campbell, no tenía secretos para JRRT y, si despojáramos su obra de esos elementos de contexto que la hacen tan atractiva para la mayoría (el paisaje singular, las distintas tribus con su genealogía perfectamente documentada, la magia...), seguiríamos teniendo un cuento (un cuento bastante largo) que funciona.
Yo digo que ver El Hobbit formó parte de la medicina que curó mi pequeña gripe porque hay aspectos psicológicos que entran en juego cuando no te encuentras bien físicamente. Es un cambio respecto al estado habitual, es una aventura indeseada, y, como le pasa al protagonista de la historia, al principio te resistes a aceptarlo. Luego, cuando lo asumes y comprendes que te las ves con un enemigo feo como un orco, aparecen aliados y encuentras tesoros, el proceso avanza (más lento de lo que te gustaría, pero también con gratificaciones inesperadas -esos sueños tan vívidos de los estados febriles, esa experiencia de la vida en presente continuo-) y, si, como es el caso, se trata de un virus poco virulento (valga la redundancia), una mañana te despiertas sintiéndote bien, como renacida, dispuesta a poner orden en la casa y a hacer lo que haya que hacer con muchas más ganas.
Los
protagonistas de los cuentos siempre libran batallas que no han
elegido, gracias a las cuales crecen, maduran y cambian su mundo. De
eso trata El Hobbit y de esto trata en muchas ocasiones la vida.
Somos viajeros y el héroe que hay en nosotros necesita desafíos.
Recordarlo le vino bien a mi
parte Bilbo Bolsón,
miedosa y comodona.
PD: No sugiero que El Silmarillion o Las aventuras de Tom Bombadil puedan curar; ni siquiera digo que un buen libro "es la mejor medicina". Sólo pienso que conocer la estructura del mito y "aplicarnos el cuento" nos puede ayudar a la hora de enfrentar un reto (por si hace falta aclararlo).