Ilustración para Háblamede Marco Berrettoni Carrara(Autor), Chiara Carrer(Iltr.), Ed. Kalandraka, 2010. "El álbum ilustrado es para mí un poseedor de misterio, sorpresa, emoción y sentimiento. Es un acto de valor contra la velocidad, para ir despacio, observar y escuchar nuestro mundo interior". Chiara Carrer
Cuando era niña, tuve la
fortuna de pasar tardes y tardes en una casa donde no había muchos
juguetes, pero sí muchas cosas con las que poder jugar (lo cual es
mejor, sin duda) y, entre éstas, había un abanico pequeño con un
hada dibujada que se le aparecía a dos niños en un bosque. Durante
mucho tiempo estudié esa imagen y pregunté a los adultos que me
rodeaban sobre ella; me fascinaba. Un día, un señor ya mayor me
confirmó que sí, que, en efecto, las hadas ayudan a encontrar el
camino de vuelta a los niños que se pierden en el monte. De hecho, a
él, muchos años atrás, le había pasado unas cuantas veces; aunque
sólo cuando se había extraviado yendo a por leña, nunca cuando se
había despistado jugando. También me contó que las hadas que él
había visto, al contrario de la del dibujo, no llevaban varita mágica (ésa era justo la clase de
detalles que me interesaban).
Más o menos cuando tenía
6 ó 7 años, me perdí. Tenía que ir a comer a una casa no muy
lejos de la de mis abuelos y el camino, salvo por una bifurcación,
era todo recto. Lo había hecho montones de veces, pero ese día algo
pasó y me desorienté. Era un domingo al mediodía, no había un
alma por la calle y empecé a asustarme; por suerte, cruzó por ahí una señora vieja, muy
bajita, que hablaba en castellano (en mi pueblo de Mallorca eso no
era muy frecuente, sobre todo en personas ancianas). Le conté lo que
me ocurría y ella me acompañó hasta que encontramos la casa. Yo
todavía ahora creo que esa mujer era un hada, entre otras cosas
porque, cuando subí a la casa y expliqué lo sucedido y salimos a la
puerta para darle las gracias, ella ya no estaba (eso de esfumarse es
muy de hada, ¿no?). Además, durante la comida di datos sobre la
señora, pero ninguno de los presentes pudo identificarla en el
censo de viejas-bajitas-que-hablan-en-castellano del pueblo y yo
nunca más la volví a ver.
He contado esto porque
hoy, otra vez, es mi cumpleaños y quiero aprovechar la celebración
para agradecer éste y otros regalos
“de las hadas” que he recibido a lo largo de mi vida.
Por ejemplo, sin ir más
lejos, quiero dar las gracias a las personas que siguen este blog, o
que lo leen ocasionalmente, y me transmiten sus comentarios en público o
en privado. Es un detalle que dediquen algo de su tiempo a conversar
con una desconocida (o con una faceta más o menos desconocida de mí).
Muchas gracias a Laura por el cuento que me hizo llegar, “Pedra”,
y del cual algún día subiré aunque sea un fragmento para que
todos podáis leerlo (si a ella le parece bien); gracias a
Mayti por invitarme a colaborar en Yo aprendí a leer... -un blog,
por cierto, original y con contribuciones estupendas (¡a ver yo
ahora qué explico!)-. Gracias a Ciudadano Ken, a Lady Incógnita, a los
lectores que han publicado sus comentarios anónimamente y a los que
me dais feedback en vivo y en directo.
La verdad es que pienso
que seguiría escribiendo aunque no me leyera nadie, porque escribir
para mí es como estar en casa. Pero, a veces, claro, es inevitable
sentir desánimo, pereza o cansancio. Así que cuando descubro que,
contra todo pronóstico, alguno de vosotros me ha leído es como si
me acompañarais de regreso al hogar desde el corazón de un bosque a
oscuras. Infatti, es exactamente como me lo contaron de niña: cuando te
pierdes haciendo lo que debes, lo que te corresponde, es posible que
las hadas aparezcan para echarte un cable. ¡Muchas gracias a todos vosotros por ser
mis hadas protectoras en esta aventura! ¡No os esfuméis, ¿eh?!.
PD: En cada taller de mi formación en Cuentoterapia, nos recomiendan decenas de libros de todo tipo. Por desgracia, aún no he logrado ganar el sueldo Nescafé, así que tengo que elegir cuidadosamente mis adquisiciones. El álbum que me gustaría recomendaros hoy es el primero que compré (no lo dudé ni un segundo). Se titula Muchas gracias(Ed. Kalandraka, 2013), está escrito por Isabel Minhós Martins e ilustrado por Bernardo Carvalho. Es un pequeño cuento sencillo y precioso y después de leerlo -o de que os lo lean- probablemente sentiréis que todos los encuentros (y hasta los encontronazos) valen la pena en esta vida.
Escribir e ilustrar una
obra sobre la muerte destinada al público infantil no es fácil
porque los adultos no sabemos nada relevante sobre el tema, no
comprendemos cómo funciona exactamente, salvo que puede suceder
sorpresivamente o no y que es ineludible. Y eso es, más o menos, lo
mismo que entendimos cuando supimos de ella por primera vez, así que
es uno de los pocos asuntos en los que un autor de libros
infantiles no tiene apenas ninguna ventaja con respecto a los
lectores. Por mucho que se documente, y aunque opte por llevar a cabo
sesiones de espiritismo, cualquier cosa que diga al respecto no
dejará de tener carácter exploratorio. La muerte es un gran
misterio y es de agradecer que, de un tiempo a esta parte, proliferen obras que honran dicho misterio y tratan de ofrecer algún consuelo
sin caer necesariamente en el tópico del
“ahora-el-abuelo-vive-en-una-estrella”. Recomiendo a este
respecto La caricia de la mariposa
(Ed. Kalandraka, 2008), un cuento delicado y hermoso deChristian Voltz, quien también ha realizado los collages con
materiales reciclados que lo ilustran. Veréis que la historia es
emocionante y tierna y pone de relieve nuestra bendita incapacidad de
aceptar que quien amamos se vaya para siempre.
Pero, sobre todo, en memoria de Javi,
mi padrino, que se fue hace unos años cuando aún era joven, me
gustaría sugeriros la lectura de un cuento que me parece muy
gracioso (Javi tenía un sentido del humor que todavía me hace reír
ahora cuando recuerdo conversaciones que mantuvimos, así que nada de
ponerse muy solemnes ni melancólicos). La obra, en castellano, se titula
Estirar la pata o cómo envejecemos (Ediciones Destino, 1996) y su autora es Babette Cole. El argumento desarrolla la respuesta que dos abuelos que han aprendido a reírse de sí mismos dan a sus nietos cuando éstos les preguntan por su obvia decrepitud. Leedlo, os gustará. Es ligero, es divertido; el texto está lleno de ocurrencias y las ilustraciones tienen efectos antidepresivos. En realidad, lo que os aconsejo es empezar por este libro y luego leeros todos los demás de Babette Cole, porque cuando nos da por pensar en agujeros negros y abismos insondables de nada, el mejor antídoto es la comedia y en eso Babette es un genio.
NOTA: Por ser hoy víspera de Todos los Santos, un pequeño apunte sobre los fantasmas: a veces, las personas a las que queremos, aunque ya no estén de este lado, nos mandan mensajitos. Tal vez lo hayáis experimentado. A mí me acaba de ocurrir. Y es que estaba terminando de escribir esta entrada cuando me he acordado de que una de las últimas ocasiones en que Javi y yo nos vimos estuvimos mirando el video de un concierto de Queen. Eso ha hecho que me entraran ganas de escuchar una canción del grupo y, extrañamente, porque no es de las más conocidas, he tropezado con ésta. De manera que, en fin, creo que mi padrino nos dice que, ya que estamos aquí y la muerte no tiene remedio, podemos, mientras tanto, aceptar "esa cosa pequeña y loca llamada amor" como animal de compañía.