Cada día que pasa creo menos en los cuentos chinos y más en los cuentos a secas. Esas teorías en boga sobre moldear el futuro a fuerza de visualizaciones, confiar en los milagros y en que tus deseos se cumplirán si (y sólo si) los formulas de cierta manera (¡no uséis el adverbio “no”, por Dios!) se me están empezando a atragantar. Llamadme descreída, pero para mí es evidente que todo el Universo NO conspira para que se cumplan nuestros sueños (en mi barrio, por lo menos, no conspira mucho).
En los cuentos de hadas, en cambio, sí
que creo. Los protagonistas de esas historias se enfrentan a retos
muy difíciles (orfandad, pobreza, abandonos en el bosque, madrastras
asesinas, bestias mitológicas, encantamientos y maldiciones, entre
otros). Pero salen victoriosos. Y eso es gracias, fundamentalmente, a
que: a) se mantienen fieles a su propósito -el que sea-, b) son
amables y, por ello, encuentran aliados que les ayudan y c)
aprovechan las oportunidades en cuanto surgen.
Yo, a estas alturas de mi vida, ya
probé lo de invocar a los espíritus y escribir mi lista de deseos
en papelitos la noche de Fin de Año, así que ahora creo más en este
modo de proceder, a lo Pulgarcito, a lo Juan de las habichuelas mágicas.
Todo esto lo digo porque mañana
sonarán las doce campanadas para Vanessa Ravira y sabremos por fin si
La ciudad de los amantes, su primera novela, va a poder
publicarse o no.
Yo espero (y supongo) que sí, porque a
Vanessa madera de heroína de cuento -perseverante, amable y decidida- no le falta.
Pero, por si acaso aún necesita un
ayudita, aquí tenéis el enlace de la campaña de crowdfundind en la
que todavía podéis participar, porque ser hados padrinos y hadas
madrinas, de vez en cuando, también hace ilusión.
Iba a decir que la cuentoterapia es una terapia novedosa que consiste en utilizar los cuentos con fines de autoconocimiento y sanación, pero eso no es verdad. La cuentoterapia, en realidad, es antiquísima, aunque sea mérito de Lorenzo Hernández Pallarés el haber acuñado el término y, junto a un pequeño grupo de psicólogos y especialistas, haber sentado las bases de esta disciplina.
Esto tendría muy poco que ver con Lou Reed (Nueva York, 1943-2013), quien nos ha dejado hace unos días, si no fuera porque en el último taller de Lorenzo al que asistí en Barcelona, “Lo rechazado. El encuentro con la sombra”, tratamos acerca de algo sobre lo que Lou sabía un montón: nuestra relación con el lado salvaje de la vida.
Caratula frontal del álbum Lou Reed-Transformer (1972)
El concepto sombra, sobre el que no voy a extenderme -porque, además de escribir un blog, intento tener una vida-, es hoy en día harto familiar para las personas que frecuentan la lectura de textos de psicología y autoayuda. También es un concepto muy antiguo y muy presente en la cultura occidental (la eterna lucha entre el Bien y el Mal, que tanto bien y tanto mal nos ha hecho, está en la Biblia, sin ir más lejos, y tiene mucha relación con esta dualidad que implica la existencia de la sombra). En psicología, grosso modo, la sombra es lo que su propio nombre indica: una zona oscura, no alcanzada por la luz, cuya forma muestra de, manera más o menos distorsionada, la misma silueta del cuerpo que la proyecta. Es decir, que la sombra de un individuo vendría a ser él mismo, pero en la tiniebla y deformado, y estaría integrada por rasgos de personalidad ocultos o reprimidos. Estos rasgos, ojo, no son necesariamente negativos. Alguien que haya, por ejemplo, crecido en un entorno donde se evitaba el contacto físico, no se manifestaban emociones como el cariño y haya interiorizado esto como positivo, puede albergar en su sombra una capacidad para dar y recibir afecto totalmente inexplorada.- En fin. Espero que Carl Gustav Jung no se revuelva en su tumba por esta explicación tan somera-.
A lo que iba: la sombra, su reconocimiento, la lucha contra ella, la integración de la misma, etc...se diría un asunto exclusivamente adulto, algo a lo que nos enfrentamos cuando ya tenemos una edad. Sin embargo, contra todo pronóstico, es un tema muy caro a los autores de literatura infantil y juvenil y lo encontramos, con intención y resultados diversos, en los cuentos de hadas tradicionales, en cuentos de autor como Peter Pan y Wendy,Las aventuras de Pinocchio o El Mago de Oz, y en novelas juveniles contemporáneas (toda la saga de Harry Potter, por ejemplo, abunda, en su trama y subtramas, en este encuentro del héroe con su lado oscuro). Y tengo la impresión de que esto es así no por casualidad, sino porque acaso ésta sea la lucha definitiva. Sólo quien se mira al espejo y tiende la mano a su reflejo distorsionado puede obtener el tesoro que le está destinado (las perlas de la sabiduría, el collar sagrado, la corona).
Y ahí es donde, por fin, regresamos a Lou Reed, esa tenebrosa aparición vestida de cuero negro, cuya música y vida artística, improbablemente hermosas, resuenan en nosotros como manifestación de la sombra en plenitud. Porque la sombra es de veras oscura, pero “permanece conectada con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí (donde) puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano” (Liliane Frey-Rohn).
Así que, gracias, Lou, por tu sombra y por la luz de tu sombra derramada sobre nosotros.
Y ya no digo nada más, pero os dejo con una canción de Velvet Underground y su aSOMBRosa letra:
I'll be your mirrow (Seré tu espejo)
Yo seré tu espejo Reflejaré lo que eres, en caso de que no lo sepas Yo seré el viento, la lluvia y la puesta del sol La luz en la puerta para mostrarte que estás en casa
Cuando pienses que la noche ha visto tu mente Que dentro eres retorcido y cruel Déjame quedarme para mostrarte que estas ciego Por favor, baja las manos Porque te veo
Me resulta difícil creer que no sepas Lo bello(a) que eres Pero si no, déjame ser tus ojos Una mano en la oscuridad, para que no tengas miedo
Cuando pienses que la noche ha visto tu mente Que dentro eres retorcido y cruel Déjame quedarme para mostrarte que estas ciego Por favor, baja tus manos Porque te veo
Hace bastantes años asistí a un ciclo
de conferencias sobre Surrealismo y Generación del 27. Nos hablaron
de muchas facetas diferentes del movimiento y supongo que esto que
voy a contar sólo ocupó unos pocos minutos del tiempo total de
explicaciones. De hecho, Dalí no pertenece a la generación de
poetas del 27, aunque fue su coetáneo y era inevitable hablar de él
si se menciona a García Lorca. Total, que, no sé cómo ni por qué
razón, de todo lo que nos contaron esos días sólo me acuerdo de
esto: que a Dalí los zapatos solos, vacíos, le recordaban la muerte
- la presencia de una ausencia-, una consideración que, más
adelante, utilizaría en algunas de sus obras.
Desde entonces, ni que decir tiene, me
dan un poco de mal rollo los zapatos -especialmente si me los
encuentro fuera de su “habitat”, junto a un contenedor de basura,
por ejemplo-. Pero también me emocionan de una manera como antes no
me ocurría, porque todo lo que habla de la muerte (restos óseos
incluidos) habla también de la vida que una vez hubo y de la que
formamos parte ahora en un devenir continuo.
Cuento esto porque en julio del 2012
tuve oportunidad de participar en el primer curso de “Cuentos, metáforas y guion de vida” impartido por Jordi Amenós en el
Institut Gestalt de Barcelona y fueron cinco días intensos y
bonitos, llenos de descubrimientos, en los que mis compañeros y yo
pudimos explorar nuestro propio cuarto trastero de las
metáforas. Para un día especial como el de hoy, os invito a
realizar un pequeño ejercicio de creación de metáforas que
aprendimos entonces. Se trata simplemente de formular oraciones como
las que siguen, preferiblemente en parejas (de manera que uno de los
miembros proponga al otro el sujeto de la comparación de forma
sorpresiva):
Para mí la muerte/la vida/ mi
vecino/ mi abuelo/ mi trabajo ES COMO...
Y eso SIGNIFICA para mí...
Y eso ME HACE SENTIR... (aquí,
las respuestas “bien/mal/fatal/regular” están vetadas. Hay que
dar con un adjetivo preciso).
Cerrad los ojos, dejaos llevar por la
imaginación (y por lo que está más allá de la imaginación) y ¡ya
me contaréis!.
PD: "El hombre ama, y ama lo que desaparece". W. B. YEATS.
¿De dónde surgen los cuentos de hadas
tradicionales, ésos que todos conocemos en versiones más o menos
edulcoradas? Existen, claro está, numerosas teorías al respecto.
Una que me gusta mucho es la que sostiene que los cuentos son
reformulaciones de los sueños (véase Ludwig Laistner). Se trata de una
hipótesis arriesgada que creo imposible de verificar (o de rebatir)
y que resulta muy sugerente (¡pensar que los sueños nos enseñan
tanto!).
También me agrada imaginar que los cuentos folklóricos
nacieron en la mente de un pastor o de una costurera como le nacían
a Ángel González los versos. En La poesía y sus
circunstancias (Seix Barral, 2005), el poeta asturiano escribe: “Casi nunca
busco los poemas: aparecen. Surgen inesperadamente unas palabras que
luego hay que desarrollar. Son -aunque la palabra tiene implicaciones
religiosas que no me gustan- como una revelación (...)" (pág. 448). Es
hermosa, sí, esa imagen de alguien que trabaja en algo monótono
durante días enteros y que tal vez no sabe ni leer ni escribir,
pero, de lo que le ocurre a diario, destila anécdotas y fantasías
hasta construir una historia. Eso es algo que yo hacía, de niña,
cuando tenía que secar los cubiertos y guardarlos en un cajón. Como
me aburría, imaginaba historias de amor imposible entre cucharas y
cuchillos y amargos relatos de cucharillas de café obligadas a
trabajar como cucharones soperos.
Pero, por encima de todo, me gusta la
posibilidad de que algunas imágenes de los cuentos hayan podido
nacer del deseo de alguien de ser querido. Por ejemplo, de un señor
muy primitivo en taparrabos que un día encuentra los restos de un
mamut y, desesperado porque su amada troglodítica sólo tiene ojos
para el Macho Alfa de la tribu, inventa que al mamut lo ha matado él solo,
y eso a pesar de que el bicho soltaba lenguas de fuego por la
boca...
Por supuesto, nada de lo que digo tiene ningún fundamento. El
que quiera fundamento que visite la página de Antonio Rodríguez Almodóvar, un sabio que de cuentos lo sabe prácticamente todo.
Yo, de mayor, quiero ser Fran Nuño. No va a ser fácil, lo sé. Pero no hay que descartar lo improbable (¡los cisnes negros existen! Y también existen los ornitorrincos y los osos hormigueros). Así que, algún día, tal vez entre los 90 años y la muerte, espero pasar el rato escribiendo poetidianos, poemas de lo cotidiano como los que incluye Nuño en su Manual de técnicas de animación a la lectura (Ed. Berenice, 2011) -un libro mejor que práctico, un libro mágico, con propuestas sin desperdicio para trabajar en el aula, en casa o en la biblioteca-.
La mujer que protagoniza este vídeo,
seguramente, no es una cuentacuentos profesional, pero para mí su
forma de narrar es conmovedora. Cuando lo miro, veo cómo el cuento
va “hacia adentro”, hacia recuerdos y emociones antiguas -esas
cosas que a veces pasan con los cuentos- y me encanta. Y otra cosa
que no es que me encante -porque no puede ser-, pero me encantaría
es sacar ahora mismo los altavoces por la ventana de la cocina y
poner el volumen al máximo para que este cuento lo oyera mi vecina,
una señora que vive dos pisos más abajo y que en estos momentos
mantiene con su madre anciana una discusión de la todos nos estamos
enterando. Mi vecina llora y grita: “Todos. Todos menos yo.
¡Siempre!. Siempre todos menos yo”. No conozco los detalles
del conflicto, claro, pero sospecho que puede tener mucho que ver con
el de la pequeña Julieta.
Recomiendo, pues, Julieta estate quieta, escrito e ilustrado por la estupenda Rosemary Wells (existen diferentes ediciones en el mercado), para el niño de 4-5 años que todos llevamos dentro.
"En primer lugar, era octubre, un mes raro para los niños. En verdad, todos los meses son raros, de un modo o de otro. Pero los hay buenos y malos, como dicen los piratas. Setiembre, por ejemplo, es un mes malo: empiezan las clases. Pero agosto es bueno: las clases todavía no han empezado. Julio, bueno, julio es realmente estupendo: no hay ni rastros de clases. Junio, no hay ninguna duda, junio es el mejor de todos porque las puertas de la escuela se abren de par en par, y para setiembre falta un millón de años.
Pero consideremos octubre. Las clases han empezado hace un mes, y uno anda al trote corto, sin tirar de las riendas. (...). Y si se acerca el 20 de octubre y todo huele a humo y el cielo del crepúsculo es anaranjado y gris, parece que la fiesta de Todos los Santos no llegará nunca en lluvias de palos de escoba y aleteos de sábanas a la vuelta de la esquina.
Pero hubo un año raro, oscuro, largo, en el que la fiesta de Todos los Santos llegó antes de tiempo. Un año esa fiesta llegó el 24 de octubre, tres horas después de medianoche.
En ese entonces, Jim Nightshade, que vivía en Oak Street 97, tenía 13 años, once meses y veintitrés días; y William Halloway, que vivía en la casa de al lado, tenía trece años, once meses y veinticuatro días. Los dos rozaban ya los catorce años, casi les temblaban en las puntas de los dedos.
Y en esa misma semana de octubre crecieron durante la noche, y ya nunca más fueron jóvenes..." Ray Bradbury,La feria de las Tinieblas, Ed. Minotauro, 1991.
PD: He dicho que no diría nada, pero...un principio de novela como éste, ¿es o no prometedor? Ya sé que hay gente a la que no le hace gracia que los yankis colonicen nuestro imaginario con sus fiestas de Halloween y sus aventuras de preadolescentes del Medio Oeste, pero Ray Bradbury, además de un escritor maravilloso -con gran capacidad narrativa y de un lirismo exquisito-, debería ser lectura recomendada para todos esos chavales que tras leer una novelita de Carlos Ruíz Zafón (que a mí no me gusta, pero a muchos de mis alumnos, sí), se quedan con ganas de más ferias tenebrosas y engendros mecánicos. A ellos podemos decirles que Bradbury garantiza sustos de primera calidad.
PD2: Y, además, también podemos decirles que Ray es el escritor ideal para los amantes de los tatuajes, algo que no se puede decir de cualquiera.